Entre Escila y Caribdis:
la agonía de las humanidades


Entre Escila y Caribdis:
la agonía de las humanidades
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Adam Smith, en Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, decía que, para lograr el éxito en una fábrica de alfileres, se debía tener en cuenta que la obra entera de un solo alfiler incluía cierto número de ramos del conocimiento y prácticas que requerían un trabajo particular, todo lo cual estaba constituido por diferentes oficios. Así, sumados oficios, técnicas y destrezas de cada trabajador, se puede llegar a fabricar una cantidad mucho mayor de alfileres que, acaso, las pericias de un solo oficiante no hubieran podido realizar ni en pequeña proporción. Smith advertía, sin embargo, que para lograr el desarrollo óptimo de cualquier oficio y arte no se pueden admitir tantas subdivisiones técnicas, ni tampoco pueden reducirse a una sencillez tan exacta de sus operaciones.

Son acaso estas ideas las que sirven de base a un principio que, más allá de ser una propuesta económica, plantea cómo es gracias a la interacción de diferentes disciplinas que las naciones pueden gozar de un bienestar basado en la ética, en una muestra de —como diría el pensador ruso Piotr Kropotkin— apoyo mutuo para el beneficio individual y colectivo.

Siendo Adam Smith “el padre fundador de la economía política” resulta inquietante que sus postulados más trascendentes hayan quedado eclipsados por paradigmas (como su famosa metáfora la mano invisible) que, fuera de contexto, pueden resultar imprecisos o incluso ser vulnerables a tergiversaciones,1 aun cuando los fundamentos morales y éticos son las principales proposiciones en la obra smithiana.

Desde 2010 se ha gestado alrededor del mundo una pregunta que no deja de reverberar en el discurso político en referencia al ámbito académico: “¿Quién necesita los estudios humanísticos?”, cuestión que no resulta gratuita, cuando la lista de países que se suman a exiliar las disciplinas humanísticas (filosofía, literatura, artes, historia, sociología …) de las aulas es cada vez mayor: En México la Ley RIEMS (Reforma Integral de la Educación Media Superior) ha desaparecido materias como Lógica, Filosofía mexicana, Estética y Epistemología desde 2009. En Estados Unidos sólo 8% de los universitarios eligen como profesión las humanidades antes que las ingenierías o las carreras de negocios; ante lo cual varios gobernadores, como Rick Scott de Florida y Patrick McCrory de Carolina del Norte, han opinado, respectivamente, que no interesa al Estado tener más antropólogos ni tampoco subsidiar los estudios de género porque ninguno de los dos campos epistemológicos cualifica para un trabajo. En materia educativa, las Abenomics —enmiendas del primer ministro japonés Shinzo Abe— consisten en minimizar o reformar carreras de humanidades (Literatura, Ciencia política, Sociología, etc.) para centrarse sólo en aquellas que sean más técnicas con el objetivo de reavivar la economía japonesa. Curioso es el caso de España: desde 2012 la ley LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) eliminó la obligatoriedad de la Filosofía para la educación básica y el bachillerato. Actualmente, sin embargo, el gobierno español ha reconocido que marginar tan importante asignatura es un error que está dispuesto a corregir.
     Ejemplos como éstos son cada vez más frecuentes alrededor del mundo, y resulta irónico destacar que, mientras más gobiernos estatales se pronuncian a favor de la eliminación o la reducción de materias humanísticas —por considerar inviable obtener réditos laborales que justifiquen su inversión—, grandes empresas requieren y exigen que sus trabajadores posean capacidad y pensamiento críticos, habilidades verbales y de redacción, pensamiento innovador y creativo, todo lo cual, paradójicamente, se fomenta con los estudios humanísticos.2

Ejercer nuestra capacidad como consumidores de conocimiento y nuestra libertad para elegir desarrollar una disciplina que nos posicione en el sitio adecuado, para entrar en el “juego de la competencia”, implica llevar a cabo una reflexión sobre lo que es la libertad y el conocimiento mismo: un razonamiento que supone una notable red de significados que involucran no sólo cuestiones económicas o políticas, sino también sociales, filosóficas y éticas. Lo más importante de esta deliberación es que comprende tanto la razón como la pasión. En mayor medida, el problema más apremiante radica en no querer aceptar que el principio subjetivo de la libertad se articula también desde un registro material (de la naturaleza, la vida práctica y el cuerpo social) que conlleva un alto grado de entendimiento del mundo. Conviene tener claro que, como bien decía Nietzsche, la sabiduría impone límites al conocimiento.
     El ser humano alberga en su interior una suposición un tanto incómoda respecto a este razonamiento, y es que, quizá, le disgusta el ejercicio de la libertad, pues sus implicaciones precisan asumir que se desconoce más de lo que se cree conocer y, en tal sentido, el mundo y sus representaciones (además de implicar riesgos, responsabilidades y determinación) son plausibles a la re-estructuración. 


     La autonomía ejercida desde la ética proclama la interconexión e interdependencia fundamental entre todos los asuntos humanos. La prosperidad de un pueblo radica en un saber que interconecta todas las disciplinas posibles. Un saber que se mantiene enriquecido y accesible por y para todos sus habitantes, con la finalidad de que cualquier persona sea un potencial creador o descubridor; como diría Heidegger, toda obra “en tanto que obra, levanta un mundo”. La virtud del pensamiento reside en comprender la diferencia entre lo que languidece y vivifica la existencia; saber cómo y por qué se debe actuar para cambiar la vida de mejor manera hará surgir los argumentos dadores de vida al arte y los sueños que alimentan el desarrollo de la ciencia.
     El fin de las ciencias naturales, las ciencias sociales, las humanidades y las artes es desvelar los saberes para explicar todo aquello que nos rodea y nos da forma, pero también aquello a lo cual damos forma; es vital entender la importancia de los roles que juega cada una para el beneficio individual y colectivo. En conclusión, suprimir disciplinas clave para el desarrollo humano (cualesquiera sean éstas) conducirá sólo a una inminente destrucción, pues el ingenio humano ha creado una compleja y nutrida red de conocimiento a lo largo del tiempo por una razón bien obvia: la necesidad intrínseca que tiene de ellas para lograr la supervivencia.

L. Angélica Cabrera Torrecilla

Es Doctora en Teoría de la Literatura y en Literatura comparada y estudios culturales, por la Universitat Autónoma de Barcelona. Es, además, becaria Conacyt en el extranjero, así como difusora cultural y crítica literaria. Ha publicado artículos y narrativa en diferentes revistas de divulgación.

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